EL COMING INTO BEING DE UNA PEDAGOGÍA

Nos pide Philip Franses desde Schumacher College, que contemos cómo es la pedagogía con la cuál trabajamos cada año el Certificado en Ciencia Holística y Economía para la Transición que —en alianza con el college— ofrecemos desde hace ya cinco años en Colombia. Su solicitud, que persigue develar el misterio a través del cuál año tras año ya cerca de cincuenta personas han cambiado sus paradigmas de desarrollo y de vida, nos envió de vuelta al origen de la propia organización, Efecto Mariposa, desde la cuál iniciamos este baile, y nos permitió encontrar que la pedagogía que co-creamos con Schumacher para este propósito es el mismo proceso que nos llevó a fundarnos, a revelar nuestra esencia y a ofrecer, con la tranquilidad de quien reconoce el camino, un encuentro profundo con la esencia de cada explorador del Certificado, año tras año. Aquí va pues, la bitácora de nuestro proceso de encuentro con la Vida, que es el mismo proceso que promovemos en cada persona que se lanza a la aventura de transitar con nosotros el Certificado. No es nuevo… es tal vez la recreación moderna del más antiguo de los mitos: el mito del héroe.

 

DEL HASTÍO AL RESBALÓN Y A LA CAÍDA

Pensamos que habíamos detenido el mundo en un arrojo de hastío y valentía. Todo empezó con un alto en seco, como el pitazo ensordecedor que se impone y no deja oído para nada más. Inesperado para la razón -y abruptamente en contravía suya- botamos a un lado los oficios respectivos y nos acurrucamos en una esquina, en una especie de cápsula mítica del tiempo. Un silencio herido de muerte nos deslizó sin miramientos hacia la penumbra y poco a poco nos zambullimos en la oscuridad completa. Fue un corte brutal con el mundo tal y como lo habíamos entendido.

Con un pie en la noche oscura y el otro en franco descenso, revisamos vituallas y contamos los haberes que hasta entonces habíamos atesorado. Parecía como si nos preparáramos para un largo viaje del que no conocíamos destino, costo, tiempo estimado, clima, idioma… nada. Las cifras en la billetera hablaron con poca poesía y apenas una pequeña esperanza: reuniendo hasta el último centavo, tendríamos dinero para sobrevivir en esta cápsula de tiempo, en esta dimensión remota del Planeta, en esta aventura a lo desconocido, no más de tres meses. Sucediera lo que sucediera, ese sería nuestro límite para regresar con un plan concreto sobre lo que queríamos hacer con nuestras vidas de allí en adelante. Al menos eso fue lo que nos dijeron nuestras cabezas racionales, organizadas y responsables, sin alcanzar a comprender entonces, que ya nada, nunca, tendría el mismo rasero.

Habitantes permanentes en la matriz de cuatro paredes sin nombre de oficina, un escritorio largo y unas sillas, sacamos nuestras computadoras como se sacan al sol las ropas sucias y se extienden las recién lavadas, al tiempo que tecleamos las letras profundo sobre nuestros corazones para que se hicieran indelebles y calaran hondo. Se nos imponía desde la tripa la difícil y dolorosa tarea de explorar a fondo nuestros territorios, nuestras pieles, nuestros sentidos, añejos como la misma historia de la humanidad. Había que entender en qué momento se nos torció el rumbo y por cuenta de qué forma de pensar, habíamos llegado al tedio, a la pérdida de la magia y del asombro, al olvido de estar habitando de manera privilegiada un planeta como el nuestro.

 Habíamos de rescatar el sentido de la vida de debajo de tanto trapo en desuso, de tanto ahogo de corazones, de tanto agobio racional que no alcanzaba a encender siquiera un candil. Había que rescatar el milagro prodigioso de la mirada y encontrarnos de nuevo, cara a cara con la belleza. Blandíamos honestidad y resolución como nuestras más preciadas armas. Tan dispuestas estábamos a cruzar la línea que, en el eventual caso de sentir que al final del camino no valían la pena la vida, nuestras vidas, gustosas habríamos cedido nuestra oportunidad. 

Allí, al comenzar el descenso, apenas al roce de la primera puerta, saltó gimiendo un grifo abierto de llanto y frustración buscando ser nombrado, ser reconocido. Vaciamos una y otra vez nuestras tripas en el oficio de sacar de las entrañas esos relictos mañosos que se fueron enquistando en nuestro interior a lo largo de nuestras vidas de mujeres adultas, profesionales exitosas, madres, novias y esposas —que ya éramos y que seríamos— relictos que de tiempo atrás nos demandaban cortar el hilo de los sueños y de las ganas y nos reclamaban víctimas —como tantas otras— del amplio ejército del sin sentido.

Fueron muchos días con sus noches, destejiendo la historia —la personal y la colectiva— y tejiéndonos amorosamente en la palabra. Muchos días con sus noches de leer ávidamente el pensamiento de otros que —como nosotras— habían decidido detener el tiempo, hacer un alto en seco y deslizarse hacia la oscuridad. 

 

Y SE HIZO LA OSCURIDAD…

Al final habíamos secado nuestras bocas y nuestros ojos de tanto tejer entre una y otra en un diálogo hermoso, honesto hasta los tuétanos, elegante y humilde que fue nombrando cada desesperanza, cada frustración, cada herida, cada desengaño… pero sobretodo, fue dándole nombre a nuestros sueños, a nuestras dormidas pasiones, a nuestras más secretas esperanzas. Allí, en la oscuridad profunda que no reconoce límites, formas, o diferencias, nos deshicimos. Puede decirse que nos dimos a la tarea de morir pedazo a pedazo y en el oficio, también puede decirse que asistimos a la muerte de todo lo que nos había rodeado, de nuestras propias historias. Y de la nada, nos hicimos nuevas. Con la misma fuerza y decisión con la que nuestro rayo de hastío nos deshizo pedazo a pedazo, nuestras ganas irrumpieron impúdicas, claras, innegociables, impostergables, exigiéndonos un nacimiento… y nos fundamos en el sentido de nuestras propias vidas.

Se esfumaron los falsos egos. Naufragaron sin tarimas, públicos ni bambalinas. Asomaron sus rostros nobles la curiosidad, el asombro, la humildad. Y comenzó a clarear el horizonte. A brotar la Vida desde la abundancia. Nos abrimos a la creación.

Por los tres meses estimados y presupuestados al comienzo, pasamos en vuelo de crucero sin siquiera notarlo. De no haber sido por aquel instante en el que nuestra cápsula mítica de tiempo nos depositó a empellones en el ascensor de un edificio en el que varios profesionales nos esperaban para ayudarnos a traducir nuestro recorrido en algo que tuviera significado para la gente, y de no haber sido por los espejos de las paredes que nos devolvieron inclementes unasimágenes un tanto desaliñadas y tal vez la visión algo vergonzosa de los primeros agujeros en los pantalones y las camisetas, no hubiéramos acusado recibo del tiempo transcurrido. Contra todo pronóstico, después de más de doce meses, allí estábamos en pie, nuevas, recién nacidas. Y entre nuestras manos, un minúsculo ser palpitaba. 

 

EL EFECTO DE LA MARIPOSA.

El efecto de la mariposa se siente como un revuelo de amplias dimensiones en el estómago. Se mete por entre las venas y señala rutas no transitadas, caminos inexistentes, cascadas de infarto. Cuando se sube a la cabeza, exige ideas suicidas que se lanzan al vacío sin paracaídas ni redes, si se aloja en las manos devela texturas informes y oscuras que causan pánico y, si asoma al corazón, enciende fuegos y palpita como si fuera a estallar en explosiones multicolores que hacen difícil la tarea de permanecer sentado. Al contrario, el efecto de la mariposa reposa manso en la nube de la confianza, en el asombro de estar presentes en el concierto de la vida, se pasea cómodo entre la ilusión y la intuición. Se mueve apacible en la inmensa vastedad del universo que por alguna razón se empeña en mostrarnos que sus caminos conducen directo a nuestras tripas. Decidimos reposar los huesos en la confianza, en la capacidad de asombro y en la intuición que con sus lenguajes desconocidos nos invitaron a dar vuelta a nuestras existencias. Soltamos todas nuestras resistencias y nos botamos al vacío. Sabia decisión.

Porque para morir tantas veces y de maneras tan rotundas como nos fue exigido, tuvimos que aprender a oír sus arrullos donde soplaban vendavales y se disolvían las formas. Un nombre, brotado de nuestras gargantas fue asomando tímido y palpitante. Si no hubiéramos afinado tanto los oídos para escuchar en la penumbra, quizá ni siquiera su nombre fuera ese. Pero desde el comienzo nos desnudó su alma, aún carente de huesos, de formas, de carácter o de colores y nos pidió saberlo con la intuición. Efecto Mariposa, solo un nombre registrado ante la Cámara de Comercio, con un número de existencia legal y nada claro en su horizonte. Era, lo que son los seres antes de decidirse a ser: un anhelo, una fuerza extraña empujándonos para incubarlo. 

Y tal vez fue de tanto mirarlo y con tanto cuidado, de tanto sacarlo a pasear por nuestras bocas y nuestras manos, de tanto presentarlo a los otros en el intento vano de que lo vieran y lo sintieran, que lo fuimos viendo nosotras y se fue viendo en nuestros ojos. Entendimos que en nosotras, Efecto Mariposa había brotado de entre millones de formas posibles para exigirnos ser, promover, avivar, el cambio. 

 

LA POESÍA Y LA MAGIA ESTÁN EN LA NATURALEZA DE LA MARIPOSA.

Está en la naturaleza de la mariposa sentir sus alas y batirlas al viento, como un poema en movimiento. Está en la naturaleza de la mariposa estirar la trompa mágica y beber del elixir de las flores, de las aguas claras del arrollo o de la que exudan las sandías y los naranjales. Está en la naturaleza de la mariposa, producir ojos y colores sobre sus alas como incuestionables conocedores de la estética, del secreto de los patrones y de la alquimia del arte. Está en la naturaleza de las Monarcas, por ejemplo, comer algodoncillos para convertirse en una brizna de tejido palpitante que desafiará continentes y océanos en viajes impensables. Está en la esencia de Efecto Mariposa mover sutilmente el viento con las alas hasta producir huracanes de transformaciones.

Supimos, como solo se sabe aquello que ha pasado por nuestros cuerpos, tocándolos, transformándolos, exponiéndolos al baile, que habríamos de proveer espacios, encuentros, tonadas.. que debíamos convertirnos en esa poesía que despierta sutilmente corazones y enciende con magia la Vida. Supimos que —a imagen y semejanza de nuestro proceso— tendríamos que proveer crisálidas, redes y entramados para soportar caídas, desvanecimientos, desintegraciones, golpes y moretones de todos aquellos que —como nosotras— quisieran recorrer el camino y aprender con nuevos ojos. Conscientes de todo aquello que nos había servido en nuestro proceso, nos dimos a la tarea de armar el capullo para transformar la oruga en mariposa.

 

EL SURGIMIENTO DE LA PEDAGOGÍA.

Fue solo en ese momento que nos detuvimos a pensar en la manera de producir remolinos. Teníamos frente a nosotros la posibilidad de transcribir los millones de aciertos - o peor, los millones de desaciertos- que hasta ahora la educación tradicional, soportada en el pedestal de la razón humana y del mecanismo de la naturaleza, ha desarrollado como modelo desde la revolución industrial. Teníamos las huellas de nuestros propios moretones muy presentes y sabíamos que de nuestra formación provenían la mayoría de ellos y estaba en nuestras manos reconocerlos y sanarlos. También habíamos transitado las propias dificultades de reconocernos como individuos, con aspiraciones y necesidades diferentes entre nosotras mismas, pero a la vez pertenecer con todos nuestros huesos a ese todo infraccionable y vital que ya era Efecto Mariposa. 


Tal vez vale la pena mencionar aquí que también cruzamos nuestros propios desiertos cuando el equipo de Efecto Mariposa tuvo que abrirse colgado de la esperanza de sobrevivir y avanzar pero con pronóstico de sobrevivencia incierto: Adriana, ya en los rines de la bancarrota en su cuenta bancaria, hubo de sumarle varios ceros a la derecha de las deudas, para conseguir el crédito que haría posible internarse en Schumacher College y hacer la maestría en Ciencia Holística, con la idea de vivir directamente la experiencia que sabíamos nutritiva, y aprender a profundidad el arte de crear procesos de transformación; Silvia —ex alumna de Schumacher en años anteriores— que aleteaba desde hacía meses como parte de la Junta Directiva de Efecto Mariposa, tuvo que hacer maromas para equilibrar sus labores de agente del Ministerio de Cultura, con las de antropóloga para Gaia Inglaterra, madre de dos pequeñas y embajadora de Efecto Mariposa ante Schumacher en la misión de conseguir que el College se interesara por nuestro aleteo y se decidiera hacer una alianza con Efecto Mariposa; y yo, la mayor de las tres, ya por encima de los afanes de la juventud que transita por el sur, por el verano del ciclo vital, tuve que aprender con todo mi cuerpo el arte de la paciencia, la escucha y la espera… un largo desierto de aparente soledad sosteniendo el posible vuelo de la mariposa por un año, aprendiendo con las manos entre la huerta a detener el tiempo y cultivarlo, a indagar en la oscuridad del compost su transformación en tierra fértil, a la espera de que la mariposa por fin se decidiera a arrancar su vuelo. Horas inciertas cargadas de cuestionamientos y dificultades e incertidumbres.

Pero algo muy en nuestro interior nos decía que habríamos de cambiar algunos de los elementos constitutivos de la pedagogía en uso y de la manera de entender la vida y de ver el mundo… sin saberlo, nuestras dificultades nos preparaban para aprender a sortear con la confianza depositada en el universo y nuestras particulares visiones, los retos que implica cambiar el paradigma de desarrollo en la propia manera de ver y de entender el mundo, en la propia matemática y economía del bolsillo y del alma, y en la nueva forma de relacionarnos con los humanos y los no humanos del quehacer cotidiano. Aprendíamos en carne propia lo que significa acudir al fondo del alma para dejar ir las máscaras y entender, aceptar y trabajar esa identidad única e irremplazable que cada una trae al baile de Efecto Mariposa, como su don más preciado para la Tierra.

Sin embargo, ninguna de nosotras es educadora ni cosa que se le parezca, y frente a semejante falencia, nuestra propia racionalidad se alzó varias veces para cuestionarnos. Dónde están acaso las credenciales que nos hacen idóneas para emprender semejante peregrinaje? Poco a poco descubrimos que, a veces, cambiar radicalmente un sistema resulta más fácil desde la experiencia nueva, desde la mirada fresca, desde la absoluta ignorancia. Y nosotros ciertamente habíamos peregrinado el camino de la transformación con los propios huesos… sin identificarlo aún algo muy en nuestro interior cobraba forma nueva y nos preparaba para convocar y acompañar a nuevos peregrinos en su aventura. 

 

LA FUERZA DEL FRACTAL —SMALL IS BEAUTIFUL— YLA MATEMÁTICA DE LA COMPLEJIDAD —DOS MÁS DOS SON MUCHO MÁS QUE CUATRO—.

Supimos que nuestro malestar interior de origen era el espejo fractal del malestar de nuestras sociedades, de las sociedades de otras más allá de las humanas, del Planeta mismo, y así supimos también que nuestro bienestar se reflejaría en el de todos ellos. Reconocimos la belleza y el poder de lo pequeño, como bien lo entendía ya E.F. Schumacher“Small is beautiful" y entonces, nos entregamos con humildad a la tarea de sanarnos como el más sagrado de nuestros deberes con nosotros y con el Planeta, de encontrar nuestro bienestar del alma.

Escogimos no hacer cuentas de cuántos enfermos lideran hoy el mundo, ni de enumerar cuántos pecados comete a diario nuestra humanidad o qué tan al borde podemos estar del colapso. Tampoco ahondamos en la dicotomía de los buenos ni de los malos y por el contrario, nos reconocimos en cada ser, sin juicios, como parte del proceso. Y por el ejercicio inspirador de construir desde lo que nos alienta, tampoco reparamos en qué tan altas eran nuestras probabilidades de sucumbir en el intento. Escogimos la matemática de la complejidad y de la intuición que se reproducen por caminos misteriosos y se entrelazan abriendo oportunidades, y en ellas reposamos nuestros huesos con tranquilidad y optimismo. Nos lanzamos sin paracaídas, redes ni colchonetas. Fueron, y siguen siendo, meses convertidos en años de abrir cada poro de nuestras pieles a lo que trae el nuevo día.

Y supimos.

Nuestro propio proceso de sanación se convirtió en la liberación de la oruga, y el mismo proceso de transformación que deviene a diario la oruga-mariposa se nos reveló como el camino a transitar para explorar con todos aquellos que buscan la transformación profunda.

Nos dispusimos entonces a reconocer las rutas recorridas por las cuales apareció   

el encuentro de la vida con cada una de nosotras. Nos dimos a la tarea de diseccionar nuestro propio proceso para darnos cuenta de que no tendríamos que trazar verdades ni caminos para otros… solo dedicarnos a propiciar encuentros, convertirnos en alcahuetas de la Vida y de sus senderos, crear espacios, momentos, permitir que se produjeran las experiencias y no buscar resultados distintos al de abrir el proceso. Dejar que fuera. Promover que el explorador decidido a lanzarse a la aventura de su propia búsqueda, pudiera regalarse el tiempo de rescatarse a sí mismo de la vida en automático, recobrara su particular manera de percibir, pudiera rescatar el valor que tiene su individualidad única e irrepetible y supiera encontrar su lugar en el mundo. Porque solo él puede recorrer el camino del héroe, para revelar sus misterios y asomarlos a la luz.

 

EL ESTUDIANTE ES EL HÉROE QUE CAMINA SU PROCESO.

Así fue que quisimos dejar abierta la posibilidad de que cada estudiante pudiera enfrentar sus demonios, sentir sus dolores y sus alegrías, construir con sus manos cada pedazo de su camino, ofrecerse sus preguntas y construir sus verdades desde la tripa, relacionarse íntima y pacientemente con su ser, encarar sus procesos en estrecha conexión con su alma y sus tiempos y en ese sentido con el alma y el tiempo del universo. Queríamos que cada estudiante pudiera asumir la responsabilidad de ser parte consiente del milagro de la Vida en la Tierra, y honrarlo. 

Nuestra tarea sería buscar las formas para ese proceso de descender a las profundidades, al encuentro de su alma y al milagro de aprender a escucharla. Dejar dormir en la incertidumbre oscura de no saber nada, ni siquiera de sí mismo. Dejar perder el norte y el sur, el tiempo y el espacio. Dejar agitarse con el vértigo de la oscuridad y arrullarse en el origen de la Vida, en el vértice entre la materia y la energía, entre la nada y el todo. Enfrentarse a batallas caóticas internas y externas, y atravesarlas hasta que las aguas calmas lleguen. Dejar desintegrarse como lo hace la oruga en su anhelo de convertirse en mariposa, y a fuerza de conectar ganas, sueños e intuiciones formar el tejido amoroso de sus alas para emprender el vuelo. Su vuelo.

Creamos unos residenciales para el Certificado en los que por cuatro veces a lo largo de los seis meses que dura el proceso, pudiéramos reunirnos facilitadores, invitados y alumnos a exponeros a la magia de la naturaleza, al calor de la compañía profunda, a la fortaleza que da compartir el proceso con los otros y apreciarnos en la luz y en la oscuridad, unos a otros.

Nuestro oficio sería convertirnos en cuenco, en nicho, en crisálida. Aprender a soportar los remezones y el latir de cada oruga, susurrar al oído el aliento de las ninfas para que los héroes encuentren remanso, belleza e inspiración.

 

CADA ALUMNO TRAE INSCRITA EN SU SER LA VERDAD QUE LO ANIMA Y LO COMPROMETE DESDE LA ENTRAÑA.

Escogimos honrar las diferencias y promover la diversidad, como lo hicimos con nosotras mismas. Escogimos alentar la semilla inscrita en el alma de cada estudiante y considerarlo nuestro par. Reconocerle y honrar su espacio. No habríamos de impartir verdades, ni cátedras, ni conformarnos con transferir informaciones lejanas. Habríamos de gestar un nicho en el que cada participante pudiera poner sus manos sobre la tierra y recrear vívidamente su vínculo con ella, sentirla desde la entraña, alojarse en aquello que nos hace plenamente humanos, crear su propio conocimiento y atender a sus propias necesidades y llamados. 

Nuestra tarea sería crear suelos fértiles, abonos nutritivos, rocíos bienhechores, soles, lunas, ranas, abejas y paciencias. Aprender de semillas, saber sus necesidades y sus parlamentos y dejarlas ser, sin juicios. Y entonces seleccionamos con esmero poesías, canciones, conferencias, obras de arte que pudiéramos compartirles en el secreto de una pantalla de computador, en la tibieza de un papel acercado a las manos por el halo mágico de la sincronía, en la vitalidad incuestionable de un whatsapp…

 

LA MAGIA, EL ASOMBRO, LA OBSERVACIÓN Y LA RESACRALIZACIÓN

Tal vez por eso escogimos la pedagogía de las artes o, estaría mejor decir que fueron las artes lasque nos escogieron como camino. Porque las artes en su caos indómito “enseñan a sentir, a sensibilizarse, a imaginar lo inverosímil y a materializarlo”, como diría Juan Afanador, poeta y antropólogo colombiano al referirse a la poesía. “En ese sentido, tienen un potencial cívico y humano inusitado —nos permiten imaginar y, así, cuestionar— pero no pueden entenderse como un deber —aconseja el poeta— pues de ese modo perderían su sentido y falsearían su naturaleza primordialmente crítica y juguetona”. Escogimos la poesía como el lenguaje del alma porque 

“Las metáforas son hilos que dan sentido, que enseñan equilibrios previos y posteriores a la razón”  Van más allá de la simple mirada y obligan a mirar y mirar una y otra vez. En ellas hay sosiego porque nos expresan completos.

Nos dimos a la tarea de la magia, a la de la imaginación, la intuición y el asombro desde la profunda observación. Escogimos ver con cuidado, ver despacio, ver en contexto, ver como a través de una lupa enorme que agiganta cada emoción, cada sensación, cada pensamiento o cada urgencia de trascender y muestra el fino entramado de sus conexiones. Escogimos la pedagogía que enfatiza las relaciones, las cualidades que silenciosas encienden los colores y dan vida a la Vida, el Todo que nos hace Uno con cada esquina de nuestro ser.

Escogimos sacralizar lo que a punta de habitar sin alma se nos había perdido en lo cotidiano. Como diría el poeta Afanador “dirigir la mirada hacia el mundo con un cuidado especial, como el que requiere una oración… para devolverle a este lugar su carácter trascendente”.

Escogimos, danzar con las tonadas que brotan de todos y cada uno en la vasta existencia y alejarnos de la mirada imperial de hombres sobre la Creación —una opción atrevida esa de dejar voluntariamente el trono y liberar esclavos, esclavitudes y súbditos—. Escogimos redefinir las palabras libertad e individuo, para ubicarnos en un margen quizá angosto para las apetencias de nuestra humanidad con ínfulas de dueña y directora de la orquesta universal, pero suficientemente amplio y generoso como para comprender que es tan sublime y necesario proponer el baile, como seguir el paso, reconociendo la sabiduría de la danza colectiva entre humanos, y lo humano y lo no humano.

Escogimos privilegiar el diálogo —el verbal y el elocuente mudo— con el que el entendimiento de los pares nace, se hace parte y se reconoce. Una respetuosa conversación permanente con nosotros, entre nosotros y con el entorno, que nos incluyera íntimamente en todas nuestras expresiones, hasta en las más locas, inverosímiles o destempladas. Y entonces creamos círculos para tejer nuestras palabras, creamos reuniones específicas y periódicas para esos encuentros y temerosas de que los encuentros virtuales no tuvieran el sabor profundo de una conversación del alma, nos entregamos a la sorpresa de comprobar cuán íntima y facilitadora puede resultar la tecnología puesta allí cuando se requiere de su fina agencia.

Escogimos la ciencia ampliada, sin métodos únicos ni verdades únicas o absolutas, porque con ella se aprende que los objetos y las emociones, la materia y las energías, tienen uniones secretas a nuestro mero intelecto que van más allá o más acá de lo aparente, convirtiéndonos a todos —lo existente, lo posible y lo imposible— en agentes, en sujetos válidos de un mismo baile. Porque existen concordancias que difícilmente reconoce el lenguaje útil de todos los días o el infalible de la ciencia. Pero también quisimos respetar el rigor de la ciencia y su curiosidad para no caer en los fanatismos. Quisimos darle cabida a todas aquellas cualidades que han permanecido ocultas o desdeñadas por el discurso humano y reconocer en ellas el poder de su agencia. Escogimos mirar el desarrollo a escala humana para no impactar negativamente con nuestra presencia y quehaceres sobre los otros, sus tiempos, sus espacios y sus ciclos. Y entonces echamos mano de la fenomenología, de Goethe y sus propuestas…

 

EL AMOR Y LA COMPASIÓN.

Escogimos la pedagogía del amor y de la compasión —arquitectos de nuestras mejores obras como humanos—. Conscientes de que el tejido en el que anidamos nuestros días nos relaciona con nosotros mismos, y crea redes con nuestros congéneres y con cada quién en nuestro entorno, decidimos darle al amor la importancia que no le ha sido reconocida en las competencias que se incluyen en la formación de hoy. Dijimos adiós a la competitividad, a la carrera de unos contra otros, a las calificaciones de mejores y de inútiles y nos reconocimos como complementos y pares. Entendimos que como humanos nos es necesario ejercitar el verbo amar mucho más que aprender informaciones o desentrañar descubrimientos. Supimos por experiencia propia que amar debía estar en el decálogo matriz de nuestras profundizaciones permanentes! Qué mejor oficio que dedicarse a explorar el amor en todas sus dimensiones! Con amor nos entregamos a la tarea de ser aprendices permanentes en el mundo que cambia, a explorar nuestras manos y nuestros cuerpos a través del filtro del amor y entonces creamos talleres, oportunidades y encuentros para que los estudiantes pudieran reconocerse, entenderse y aceptarse en la diferencia y en su grandeza de seres vivos.

 

SCHUMACHER, EL HILO QUE TEJE EL ORDEN.

Han sido ya cinco años de beber en la experiencia del Certificado con el College que nos aporta día a día el fino hilo del que cuelgan suspendidos los procesos y con el que cada aventurero teje su crisálida; cinco años con sus gentes, leídas y vividas a través de la magia del recuerdo —en el caso de sus ex-alumnas, Silvia y Adriana— y a través de la magia de la tecnología del Webex, en el caso mío; cinco años de amorosos diálogos entre Colombia e Inglaterra en los que siempre hemos podido tejer mejor la experiencia para los que vienen, alentarnos con ideas de aquí y de allá que no tienen ya dueño y que flotan por la intranet de la Tierra reclamando su posibilidad de convertirse en procesos únicos alrededor del mundo. 

Cinco años de compromiso profundo en el que siempre hay una mano amorosa, sabia y amiga alentándonos. De compromiso ineludible, impostergable, in-negociable con una pedagogía que cada vez comienza como el primer día y nos va mostrando su pulso, sin permitir el hastío o la rutina, sin acallar el asombro, sin dejar de mostrarnos algo en lo que no habíamos reparado, aprendiendo de la vida como proceso.

Cinco años en los que hemos abierto nuestras pieles -con la anuencia y la confianza plenas del College- para leer nuestro territorio, nuestras comunidades, ese ser incorpóreo que emerge de nuestra relación con el territorio, con su forma, su color, su lengua, sus paisajes, sus climas, sus habitantes particulares humanos y no humanos. De ser en estrecha relación con quienes lo habitamos, lo transformamos y nos dejamos a su transformación. Hemos aprendido a danzar su relieve para hacer posibles las búsquedas de cada héroe, nos hemos divertido, hemos ido profundo, nos hemos confrontado en momentos difíciles a la vez que hermosos, hemos gozado desde el alma, hemos aprendido la pedagogía como esa danza de fractales de un mismo Todo, que permite aflorar el alma propia y la del otro, y ser, en esta maravillosa y única oportunidad de estar vivos.

 

EL REZO

Hoy hacemos una oración, nos sentamos contemplativas ante el camino recorrido, como quien se quita el morral y se sienta en la piedra de la cima con los pies colgando al vacío, limpiándose el sudor, recobrando el aliento, contemplando satisfechas el descanso en el alma y el paisaje infinito. 

Hoy podemos decir que nuestros corazones, nuestras entrañas, nuestra razón y nuestra fe en el proceso que somos, nos llevaron por buen camino.

 

- Alejandra Balcázar, Efecto Mariposa